El Olor de las castañas

Salíamos de casa un viernes por la mañana un poco antes de las nueve de la mañana para poder llegar al colegio a tiempo. Mi madre no nos ponía la bata del colegio, ya que siempre se quedaba en el colgador de su clase, aunque hoy viernes tocaba llevarla a casa para lavarla durante el fin de semana.

En aquella época un viernes era un día más, tampoco tenía yo estrés durante la semana como para que la llegada de dos días libres fuera importante. Pero para mí los viernes tenían dos significados: no ir al gimnasio una hora en el descanso del mediodía, ya que íbamos a comer a casa de los yayos. Y que en las dos horas de la tarde en el colegio donde hacíamos manuales, yo no podía moverme por haber comido la sopa de arroz de mi yaya.

Si pudiera patentar esa sopa, cuanto dinero ganaría. Pero nadie puede hacer la sopa de arroz de la Señora Antonia como ella. Mi madre lo ha intentado, pero aunque hemos de disimular y decir que esta buena, que lo está, nada comparable con el sabor del pescado en el arroz al punto exacto en aquellas cucharadas que adoraba de los viernes de invierno. Nos ha dado la receta, pero hay cosas místicas en las que no se puede entrar. Hace mucho tiempo vi una película que me encantó, donde la chica cocinaba como los ángeles y era capaz de que la gente sintiera cosas especiales con sus platos. Siempre le preguntaban donde estaba el secreto y ella decía que en hacerlo con mucho amor. Supongo que parte del secreto de mi abuela es ese, cocinar a su familia con amor. El amor que te puede dar alguien que deja de comer para que su familia coma.

Había algo que podía superar a un viernes cualquiera, en especial uno al año, nunca se sabía cual iba a ser, pero si que era en otoño.

Llegó el mediodía y como siempre salíamos a las doce del colegio a casa de los yayos. Mi madre con sus nervios habituales por haber aguantado a treinta niños en clase, mi hermana toda formal se movía en el momento en que mi madre lo decía, mientras mi prima y yo jugueteábamos ganándonos algún que otro grito. Andamos los diez minutos hasta llegar a casa de los “cuquis”, así se llaman mis abuelos entre ellos de toda la vida, exactamente era “cuqui” pero los miembros de la familia los bautizamos en plural.

Subimos corriendo las escaleras y al abrir la puerta, que ya habían dejado entornada al contestar por el interfono, lo sentí. Era inconfundible, ese olor que me podía, que me hacía ir corriendo a la cocina para ver donde estaban guardadas antes de darle un beso a mis yayos. Entré y como siempre ya estaba todo preparado, mi yayo había puesto la mesa y mi yaya que ya tenía la comida preparada estaba sentada en su sillón al sol cosiendo los pantalones de alguien de la familia. En la puerta de la cocina me paré, era un habitáculo pequeño lleno de magia porque las comidas que salían de allí eran milagrosas, y seguí el olor hasta abrir la puerta del armario que había al lado de la cocina y ver la cazuela de porcelana con flores, que debía tener más años que mi madre, un trapo salía entre la olla y la tapa.

Salí corriendo hacía mi yayo, que me observaba desde que había entrado por la puerta porque sabía exactamente los movimientos que iba a hacer y por eso había escondido la olla en el armario. Nunca lo ponía difícil, porque le gustaba hacerme sufrir dos segundos de forma sana, pero al tercero sufriría él más que yo. Lo abracé y le di las gracias, después de decirle que las había encontrado.

El viernes era de los pocos días que comía sin problemas, la sopa de arroz, el solomillo con pimientos verdes fritos, y los ajitos fritos que a mi hermana no le gustaban caían en mi plato. Mi abuela me dejaba rebañar con pan el aceite de la sartén, y mi abuelo me ponía las cebolletas en vinagre que él hacía para mi en el lado de mi ensalada, aunque a los cinco minutos cuando ya no quedaba ni una decía: “La loro, ya se las ha comido todas”, al mismo tiempo que iba echando para mi lado de la ensalada las que quedaban en el resto. Como yo era una cotorra que no paraba de hablar, pues me apodaba “La loro”. Antes o después del primer plato, o a poco para llegar al postre, mi vaso de agua se derramaba por la mesa, y mi madre siempre decía: “Beatriz, si no la haces a la entrada, la haces a la salida”.

Si comía rápido tenía el postre antes, así que me lo comí todo en un periquete y llego el momento más esperado, cuando se abrió la tapa de la cazuela, mi yayo abría el trapo y yo podía coger una castaña que aún se mantenía caliente gracias a la tela que las cubría y disfrutarla, al tiempo que mi abuelo me pelaba la siguiente que me iba a comer.

Por Beatriz G. Sigüenza

Abril 2005